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domingo, 22 de marzo de 2015

Ten cuidado al crecer

Ten cuidado al crecer.
Porque crecer puede significar acumular motivos para arrepentirse, 
enumerar razones para odiarse,
archivar viejas historias inacabadas,
descartar viejos sueños inalcanzables,
debatirse entre la nostalgia por el pasado y la preocupación por el futuro,
necesitar excusas para aventurarse a hacer lo incorrecto,
pedir explicaciones,
pedir perdón y permiso por todo y por nada,
dar las gracias y los buenos días también a la gente despreciable
y llorar sin lágrimas,
y reír sin ganas,
y guardar silencio, 
y guardar silencio.

Pero también puede significar soñar cada vez más alto, cada vez más fuerte, cada vez más lejos. Y si actúas como si no existiera nada que ganar y como si no tuvieras nada que perder, te sorprendes de todo lo que tienes y de todo lo que consigues.


Supongo que crecer es contemplar con entereza y resignación que no te vas a convertir en "la persona que siempre quisiste ser", por la sencilla razón de que ni antes ni ahora ni nunca sabrás con certeza quién cojones es ese escurridizo individuo. Y no importa, porque sea quien sea, simboliza un ideal ambiguo y absurdo que no tiene nada que ver contigo y que no ha de condicionar la dirección ni el tempo de tus pasos.


Y entonces, hay que tener cuidado. Porque empiezas no sabiendo quién eres ni qué quieres hacer con tu vida y acabas largándote a la otra punta del mundo sin darle demasiadas vueltas.

Hay que tener cuidado: porque empiezas no sabiendo qué hacer con tu vida y, entre avances, tropiezos y caídas, al final acabas viviendo.
Chengdu (Sichuan)

domingo, 3 de noviembre de 2013

Nosotros


Nosotros, los olvidados, hablaremos de autosuficiencia, de libertad, de independencia; de todas esas cosas tan de moda en nuestro tiempo. Diremos que no necesitamos a nadie porque somos hombres y mujeres modernos. 

Despreciaremos los vínculos emocionales, diremos que la soledad no importa y que nuestro aislamiento es tan voluntario como revocable. Que no hay ningún sufrimiento que no pueda solucionarse con Ibuprofeno, cuatro polvos con el follamigo de turno y muchos anocheceres rozando el coma etílico. Porque nosotros únicamente necesitamos sueños baratos y placeres inmediatos, ¿eh?; lo demás es retórica accesoria, lo demás es sólo literatura: almibarados cuentos de princesas para llevarse a la cama a alguna rubia tonta.


Así que nosotros nos repetiremos incesantemente cualquier falacia solipsista que se nos ocurra, o cualquier sucia mentira que no logrará consolarnos, con el propósito de dar fuerza y legitimidad a nuestra cosmovisión estéril. Todo en un intento desesperado -y disparatado- de engañarnos a nosotros mismos y al mundo. Qué racionales somos por renunciar, por cuatro razones estúpidas y por un par de límites autoimpuestos, a lo que puede hacernos felices, ¿verdad? Nosotros, que nunca quisimos volar demasiado alto ni llegar demasiado lejos, jamás abandonaremos nuestro materialismo estructural ni nos despegaremos de nuestra anquilosada cordura.


Pero en el fondo, lo sabemos: no somos más que una panda de gilipollas con delirios de grandeza. Y nuestra pose impenetrable, cuando se apagan las luces y baja el telón, queda reducida a cenizas y revela lo que somos: críos desorientados con miedo a perderse, o cobardes con miedo a encontrarse.


Tanto tiempo viviendo exclusivamente en primera persona del singular, tanto tiempo rebuscando algo de paz en las grietas de los espejos, que empiezo a pensar que el mundo no existe y que no somos más que el pensamiento de un loco. Empiezo a creer que, al final, lo único que importa es poder chocarse con alguien tan gilipollas como uno mismo para, finalmente, no estar solo. 

Y así, tener a otro idiota al que aferrarse. Alguien con quien escalar las noches o alguien con quien caer al abismo, lo mismo da; pero alguien, al fin y al cabo alguien, con quien construir cualquier estúpido rumbo en este páramo sin sentido ni direcciones, alguien con quien hacer frente a esta tragicomedia interminable, a este naufragio cotidiano, que nos deja sin oxígeno en mitad del océano, que nos golpea y nos debilita hasta enterrarnos entre nuestros propios escombros.

Porque, en fin, sí: nosotros, los olvidados, hablaremos de autosuficiencia, de libertad, de independencia; de todas esas cosas tan de moda en nuestro tiempo. Diremos que no necesitamos a nadie porque somos hombres y mujeres modernos. 


Pero queridos, no podremos negar que no hay mayor drama, en ningún espacio o tiempo, que sea mayor que el drama de, día tras día y noche tras noche, dormir y despertar solo.


domingo, 8 de septiembre de 2013

Feliz cumpleaños

Me sienta fatal darle la bienvenida a un año más. Porque no, no es que crezcas y se cierre una etapa, ni que se abra otra nueva que se debate entre la esperanza y la desolación; no, no es que hayas concluido un episodio desalentador y estés avanzando entre horizontes más prometedores; simplemente sigues caminando en el mismo páramo grisáceo: simplemente sigues arrastrándote bajo el mismo el cielo y sobre los mismos escombros. 

La única diferencia es que eres menos adolescente, has visto y olvidado más caras, has escuchado más mentiras, has atravesado más infiernos, has esquivado más balas, has desechado más cosmovisiones infecundas, has tenido más sueños rotos en las manos, has cometido más errores y te has arrepentido de no haber cometido tantos otros.
No obstante, cada gramo de experiencia no te ha hecho mejor persona, únicamente te ha vuelto más insensible y más consciente de tu propia ignorancia. No consuela saberse joven.  Haces balance y no has avanzado hacia ningún sitio: has caminado sin más, en busca de algo que no existe y huyendo de algo que probablemente tampoco. 

Y así la vida pasa, y así te quedas poco a poco sin fuerzas, poco a poco sin fe, poco a poco sin motivos, poco a poco sin tiempo. Empiezas a albergar cada vez más palabras y menos sensaciones indescriptibles, y claro, qué puede haber más triste que perder los significados; qué puede haber peor que sentirse al margen de todas las cumbres y de todos los abismos. Es entonces cuando empiezas a pensar demasiado, sin motivo y sin resultados concluyentes, y a sentir sólo de vez en cuando. Compruebas, impasible, cómo se te acaba el tiempo.

Entretanto, las personas aparecen, saludan tímidamente, se cruzan o se chocan en tu camino y desaparecen sin decir adiós; ya nadie decide joderte los planes, nadie se atreve a poner tu mundo del revés para después largarse. Y al final sólo queda el vacío agridulce, y seguir caminando sin compañero y sin rumbo, y continuar aullando en silencio, y prometerte a ti mismo que algún día comprenderás todo este sinsentido; sí, algún día cuando ya no quede tiempo. 

lunes, 24 de junio de 2013

Un poco de optimismo de lunes

Míralo, no es más que un niño llorando. Otro.

Le acaban de confesar que la vida es, en realidad, una estafa. Que no hay luz al final del túnel, que no hay salida al fondo del pozo mugriento en el que seguimos cavando día tras día. 

Aun así, nosotros continuamos, como si ignorásemos todas esas evidencias implacables: como si ignorásemos que nuestras vidas no importan, nuestros sueños no son nada y nuestras historias serán pasto del olvido más inminente. Continuamos, con la ingenuidad colgando de nuestras cenizas; esperanzados en encontrar los pedazos perdidos de nosotros mismos, confiados en que, en el último momento, hallaremos una salvación escondida en algún lugar de nuestra conciencia devastada.

Todo es mentira, claro. Nacerás, crecerás y el mundo se empeñará en crearte grandes expectativas sobre ti mismo; que si llegarás lejos, que si serás grande, que si quieres puedes. Te alimentarás de esperanzas estériles que, al poco tiempo, no te conducirán más que a una ineludible sensación de fracaso. Tanta sed de éxito, tantas aspiraciones absurdas, se transformarán en la ansiedad y el cansancio de ir derrota tras derrota.

Porque dicen, sobre todo en infames libros de autoayuda, que la vida es maravillosa para los que saben cómo tratarla y entenderla. Que todo es una cuestión de actitud. Que el tiempo pone a cada uno en su sitio y, en fin, toda esa mierda.
Pero no, nunca es verdad.
Las mejores personas que conozco, por una razón u otra, han estado siempre jodidas. ¿Y lo peor? Lo peor es que encima han tenido que escuchar permanentemente ese maldito eslogan de "Sé el cambio que quieres ver en el mundo". Pues oigan, no. Ya es bastante complicado reunir fuerzas para sobrevivir y dar pasos al frente sin caer en la tentación de pegarle fuego al universo.



¿Y tú? ¿Recuerdas aquella profesora que te repetía incesantemente que tenías talento y que te aguardaba un futuro brillante? Pues bien, ahora está muerta y sus palabras son mentira.

lunes, 8 de abril de 2013

Lo supe


Yo, como todos los insensatos que me rodeaban, estaba famélica de ideas, sedienta de mundo; quería poner en marcha mi viaje de una vez. Y comenzar, por fin, a construir recuerdos, a articular futuras nostalgias. 
Ni siquiera tenía un porqué y me daba igual ignorar el dónde. Lo único que me importaba era abandonar, de una vez, aquel bucle que nos condenaba a todos a un olvido inminente. 

Pero no alcanzaba a prever cuándo me llegaría el momento. 

Hasta que un día, de improviso, lo supe. 
Y ya no había vuelta atrás. Sólo tenía delante un camino por el que arrastrarme. 
Ningún mapa, ninguna brújula: sólo me guiaría la huida. Y claro, ¿cómo dices adiós a un lugar al que nunca perteneciste? ¿Cómo echas de tu cotidianidad a gente que nunca quiso formar parte de ella?

Nosotros, los de siempre. Todos disueltos en la confusión artificial creada por nuestra estupidez. Perdidos en el ecosistema de nuestras cuatro paredes. Superados por nuestra tristeza estéril, por nuestra ridícula pose de poetas de pega. 

En fin, nada nuevo. La eterna búsqueda de cualquier norte, la constante espera de cualquier salvación. 

Pero ese día lo supe. Y me tocó ser fuerte e inventarme las fuerzas y el rumbo.
Ese día me tocó autoengañarme para poder creer en mí.
Y supe, desde ese instante, que había empezado a vivir. 

Supe que ya nunca más podría curarme.

sábado, 9 de febrero de 2013

No sé por qué.

No sé por qué esta insana tendencia a la autodestrucción más corrosiva.
No me explico de quién habremos aprendido esta horrible manía de no ser felices.


En todos los océanos el mismo naufragio. En todas las coordenadas de tu vacío, en todos los horizontes rotos, en todas partes encuentras el mismo escenario que se cae a pedazos.

En todos los espacios y en todos los tiempos ves los mismos objetos guionizados, los mismos personajes chillones o mudos, las mismas esquelas de todos aquellos que un día defendieron una causa noble. En todos nuestros hogares estériles está la mancha de la esperanza, la ceniza del fracaso. En todas las pestañas escala el mismo sueño absurdo.

¿Y de qué sirve, entonces, nuestra historia?
¿Quiénes serán los encargados, un buen día, de bajarnos los párpados y de rezarle en silencio a la irrelevancia de nuestros restos?

lunes, 7 de enero de 2013

Que no, que nada más importa.

Que las personas nacen, las personas cambian, las personas matan y las personas mueren.
Y no hay más. No hay más tras ese vacío manchado de las palabras. Tras ese dolor de cabeza, tras esa angustia de un universo inventado por un dios inventado por una humanidad inventada. Inventados desde lo más irrelevante del olvido o de la náusea que desató el efecto en cadena.

No hay más tras el miedo silente de quien nunca desenterró sus propios muertos.
No hay más tras una eternidad convirtiéndose en polvo al compás del primer y último baile.

Y todos los días son el comienzo de un nuevo mundo, de una nueva historia y de un nuevo fracaso que ni tú siquiera recordarás.
Todos los días son el fin de un viejo mundo y de una vieja historia que nadie querrá escuchar nunca.

No hay más. Deja de buscar porque no hay más.